viernes, 6 de junio de 2014

La heredera


Poco a poco había ido coleccionando un gran número de libros con la intención de poder leerlos algún día, todos ellos escritos en castellano. Desde siempre tuvo la inquietud de aprender de lo que decían sus páginas pero las circunstancias nunca se lo permitieron. Aún así y a pesar de las dificultades siempre mantuvo la esperanza y a oportunidad que se le brindaba no dudó nunca en ir recopilando, guardando libros uno tras otro,  hasta llegar a cubrir todas las paredes de su habitación con estanterías colmadas de libros de diferente temática, eso sí, colocados sin un orden establecido, ni siquiera se dejó llevar por el tamaño o el color de las tapas, intentando que el cromatismo creara un equilibrio entre las distintas tonalidades.

El primero de todos fue un ejemplar de La cabaña del tío Tóm, que encontró hacía muchos años cuando todavía era una niña que apenas podía ponerse en pie por sí sola. Ella fue quien lo vio olvidado sobre el banco del parque por donde pasaba en brazos de su madre camino de la parada del autobús. Quedó atraída por los colores de los dibujos infantiles que adornaban las tapas y comenzó a lloriquear y llamar la atención señalando hacia el libro que su madre no había percibido, hasta que por fin comprendió lo que quería y se lo dio; Jimena lo sostuvo entre sus manos y ya no lo soltó ni siquiera dormida. Pasó a ser su juguete preferido que trataba con mimo, con mucho cariño, como si ya entendiese el significado de lo que un libro representa. 

Luego vinieron los años en Bélgica, donde sus padres emigraron en busca del progreso en una época en la que la vieja Europa aún se curaba las heridas de la última gran guerra. No fue por mucho tiempo, el suficiente como para que se dieran cuenta de que el amor y la añoranza por sus otros hijos y su pueblo, donde los habían dejado bajo la custodia de la familia, podían más que cualquier oportunidad  por lograr una vida más digna.

Después vinieron otros; algunos de ellos regalados en la adolescencia y otros comprados con sus ahorros, colecciones semanales que cada otoño editaban las editoriales y vendían en los quioscos casi siempre en ediciones de bolsillo, sin importarle repetir título que ya tuviera, como Ana Karenina, del que sospechaba tenerlo repetido por varias veces, aunque esos detalles no les importaban mucho. Lo importante para ella era atesorar conocimiento escrito en papel, signos, caracteres negros sobre blanco.

Por último fue la herencia inesperada de doña Gertrudis, la anciana a la que cuidó en los últimos días de vida. Jimena siempre le reprochó a la providencia no haber podido coincidir con aquella señora mucho antes, por todo lo que pudo haber podido aprender de ella y que el tiempo y su enfermedad no le permitieron. Grertrudis derrochaba unos modales exquisitos, no obstante, había ejercido de institutriz por muchos años en la corte de uno de los marajá más cultos y renombrados; había educado a todos sus hijos, que fueron muchos, e incluso al mismísimo heredero del trono. Pero con los años comenzó a darse cuenta de su pérdida de memoria y decidió regresar a la casa familiar, donde se refugió al calor de los suyos. Fue entonces cuando apareció Jimena en su vida, como empleada para cuidarla y estar al tanto de sus necesidades, y, aún con parte importante de sus facultades mentales perdidas, la en otro tiempo institutriz pareció darse cuenta de su inquietud por conocer, por lo que le dejó como herencia una enorme y valiosa colección de libros, muchos de ellos fueron pasando por su familia de generación en generación al tiempo que se añadían ejemplares únicos.   

Fue un regalo magnífico, el mejor de todos cuantos la vida le había dado. Aquella colección le atrapó de tal manera que en los últimos años de su vida no existieron para ella otras ocupaciones más importantes que la de tumbarse en la cama y cómodamente ir pasando página tras página de los libros, sabedora de que no tendría tiempo físico en toda su vida para leerlos todos. Así que, día tras días, no hacía otra cosa más que mirar las palabras escritas tratando de familiarizarse con ellas, por si algún día se le presentaba la oportunidad de aprender a leer y enterarse de lo que decían.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

viernes, 30 de mayo de 2014

Delírios geométricos



Las siete de la mañana en el reloj circular de la pared marcaba el tiempo, indiferente a la presencia ausente de Nayim. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana a través de los cristales y los ligeros visillos de hilo que los cubría, entrando alegres y mezclándose con la luz artificial del flexo que descuidadamente permanecía encendido. Las paredes mostraban un mapa geométrico de dibujos lineales de tamaños y formas diferentes encerrados en folios de papel blanco que, clavados con chinchetas de diferentes colores, dejaban insinuante la ruta de una trayectoria obsesionada con la geometría; y la silla vacía, aún con la silueta recién abandonada en el cojín.

Líneas y más líneas absorbían a Nayim en sus años de infancia, dejándolo fascinado a cada paso que daba. Primero fueron los círculos los que atrajeron su curiosidad, para quedar absorto ya por siempre, como embrujado por unas formas perfectas que daban sentido a la luz y al tiempo, al espacio y al sonido, al transcurrir de la vida y a todo lo relacionado con la existencia humana y sus naturales formas imperfectas, abstractas y caprichosas.

Después vinieron los cuadrados, rectángulos, triángulos, rombos y demás perímetros cerrados por figuras geométricas. Toda una vida influenciado por las formas, buscando la perfección en cada línea, en cada área o espacio geométrico, tratando de hallar en las figuras el misterio de las tres dimensiones en movimiento, apoyado en números y más números, en fórmulas matemáticas y físicas que iba traduciendo y resolviendo en dibujos arquitectónicamente calculados.

En los últimos días apenas había salido de su habitación, durmiendo poco y comiendo mal, inmerso en el estudio que lo iba engullendo poco a poco y con la única meta en el horizonte que la de encontrar la solución a su inquietud geométrica, hallando respuestas concretas y concisas, consiguiendo la perfección en las formas tridimensionales, hasta descubrir una entrada a través del papel dibujado, una puerta que le dio paso a otro espacio y tiempo, a otro mundo metafísico,  abandonando éste y dejando sobre la mesa de dibujo los lápices, el compás, escuadras, cartabones, reglas y otras llaves necesarias para poder acceder al otro lado, en donde se perdió para siempre.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.


domingo, 25 de mayo de 2014

En busca de la felicidad


Recordaba aquellos tiempos pasados cuando sólo era un adolescente con ansias de conocimiento, de descubrir sensaciones nuevas en cada aspecto de la vida, con un montón de interrogantes que se apilaban junto a cada cuestión planteada. Nada como la experiencia, escuchaba decir a todos los que creían dominar las estrategias mundanas, nada como la sabiduría que dan los años vividos, nada como los tropiezos y errores cometidos para sacar conclusiones y aprender.

Pero ¿cómo dejar pasar en balde los años?, se preguntaba, con el único propósito de acumular experiencias para poder obtener la sabiduría de las vivencias. Tan curioso como impaciente se resistía a seguir las normas naturales ya establecidas del conocimiento, quería adelantarse a todo eso, llegar a acumular cuanto antes todos los condicionantes necesarios para considerarse un hombre sabio, equilibrado, justo, así como alcanzar el cenit en el desarrollo de los sentidos, de los sentimientos del alma; en definitiva, lograr la satisfacción plena sin esperar a que llegara por sí sola. Y se propuso provocar su venida para poder empezar a disfrutarla lo antes posible.

Fue entonces, cuando descubrió a Aristóteles, que a partir de ese hallazgo filosófico pasó a convertir las éticas en propias premisas, volcándose en hacer de los conceptos y planteamientos del filósofo griego su propia hoja de ruta en la vida. No estaba dispuesto a caminar a ciegas por sí solo y decidió hacerlo apoyándose en las decisiones de los demás, aprovechando así la luz ajena para guiarse a cada paso que debiera dar.

Siguió al pie de la letra los antiguos preceptos y concluyó en basarse en las deducciones del propio Aristóteles, cuestionándose cuál es el fin último del hombre, del ser humano, y observó que todo el mundo lo llamaba felicidad. Subrayando que el mismo concepto puede diferir entre las personas, haciendo de ella algo propio de cada uno muy difícil de arrebatar. La felicidad, la máxima meta en alcanzar, contiene ingredientes diferentes para cada cual.

Toda su existencia tomando como referencia  los pensamientos del sabio, haciendo distinción entre tres tipos de vida: la sensible, la política y la contemplativa, pero olvidándose de sus propias conclusiones, siempre dejándose llevar por cuestiones técnicas, por pareceres lógicos en otros, tomando decisiones de los demás para administrar sus propios intereses, su propia vida, lo que le llevó a olvidarse de sí mismo y a sentirse frustrado, fracasado.

Hasta que de nuevo se rebeló, pero esta vez fue contra su propia creencia, y mandó al traste con todo el manual filosófico en el que se había apoyado durante tantos años. A partir de ese momento se prometió dejar de guiarse por los pensamientos de los demás y comenzó a decidir por los suyos propios, dejándose aconsejar por su experiencia, por su intuición, por los dictados de su corazón, hasta descubrir que lo que tanto tiempo estuvo buscando se hallaba muy cerca, en él mismo, en su propio yo.                       





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

sábado, 17 de mayo de 2014

Espérame


Se oyen voces. Hay demasiado ruido ahí afuera. Parece como si se hubiesen arremolinado los vecinos junto a la puerta; seguramente estarán chismorreando ansiosos por saber. ¿Habrán llamado a la policía? Podría apostar con toda seguridad que ya lo sabe todo el barrio. Me imagino a la alcahueta del primero corriendo de bloque en bloque, de piso en piso, dejando la noticia de que hemos discutido... otra vez más. De todas maneras, ya importa poco lo que murmuren, pronto estaremos lejos de aquí para siempre.

Todavía no comprendo que ha podido pasar para llegar a esta situación, no lo recuerdo con claridad, esta medicación me perjudica más que beneficiarme, me deja desmemoriado y por más que me esfuerzo muchas veces no consigo centrar el pensamiento, se me va de un lado para otro y acabo por olvidar en lo que estaba pensando. Menos mal que te tengo a ti para guiarme. No sé qué habría hecho yo sin ti, qué hubiese sido de mi vida de no tenerte a mi lado.

No creas que no te valoro lo suficiente, es por eso que reacciono de esa manera tan visceral, tengo tanto miedo a perderte que cuando siento que alguno puede arrancarte de mi lado me pongo furioso, no puedo controlarme y termino por hacerte daño, pero tú sabes que no lo hago con maldad, que al momento se me pasa el enfado y vuelvo a ser el mismo de siempre, cariñoso y tierno. ¡Te quiero tanto!

Si me hubieses hecho caso nada de esto tendría por qué haber ocurrido. Mira que te lo venía diciendo, que no me gustaba que hablaras tanto con el tendero, que fueses a otro mercado a comprar, que no te arreglaras tanto, pero tú erre que erre, hasta que pasó lo que tenía que pasar. Ya sé que me eres fiel, pero no me gusta que te pongas tan guapa, me da miedo que cualquier día aparezca un roba corazones y te aleje de mi lado. No sé qué haría yo sin ti.

Me gustaría que pudieses escucharme, para pedirte perdón por esta reacción mía tan fuera de lugar. Me siento mal porque soy consciente de que por momentos te he podido hacer daño; no podía despegar mis manos de tu cuello, estaba tan ciego que me resultaba imposible controlarme. Si me hubieses hecho caso nada de esto tendría por qué haber ocurrido.

Tampoco tendría que haberte hecho el amor sin que tú pudieses disfrutar del momento conmigo, lo sé, no está bien, pero no he podido evitarlo, estás tan bella sobre la cama, como dormida, que me he dejado llevar por el deseo... El ruido va en aumento ahí afuera, las voces cada vez son más cercanas. De un momento a otro trataran de entrar, derribarán la puerta, espero que tarden aún algunos minutos más, que me dé tiempo a reunirme contigo. Siento que me debilito, apenas ya me quedará sangre en las venas... Espérame, vida mía, ya queda poco para estar de nuevo junto a ti, unidos en la eternidad.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

sábado, 3 de mayo de 2014

Fantasías clandestinas


Los dos sentados en la cama, desnudos, frente a frente.

Él le decía de las veces que la había imaginado, de mil maneras y en otros tantos lugares, siempre con el deseo carnal presente. Desde que por primera vez coincidieron en aquel ascensor que su elevación provocaba más temor que sensualidad; cuando a ella le traicionaron los nervios y la timidez no la dejó reaccionar para recoger las llaves del piso que resbalaron de sus manos y que un instante antes no dejaba de mirar como si se tratara de un objeto extraño, poco inusual, un síntoma claro de que su presencia no había pasado desapercibida para ella. También es verdad que tampoco le dio tiempo a la reacción, ni siquiera al amago de hacerlo. Él se agachó rápidamente y con delicadeza se las entregó; ni se cruzaron palabras de agradecimiento por el detalle cortés, sus miradas lo dijeron todo cuando se interceptaron.

Demasiados pocos minutos fueron los que transcurrieron en el casual encuentro, pero los suficientes como para darse cuenta de la reciprocidad en la atracción entre ambos. A partir de ese momento las fantasías sexuales afloraron por su pensamiento sin restricción, desbordándose la pasión en cada escena imaginada, con los instintos viscerales desbocados.

Varios días después se dio el segundo encuentro, cuando la vio venir de frente cruzando el paso de peatones en plena hora punta, entre el ruido de los motores de los vehículos, los claxons y la sorda, ajena e intimidante presencia de la multitud yendo de un lado para otro. Él giró la cabeza sutilmente, buscando con la mirada su espalda y en un rápido imprevisto cambió de dirección, decidió seguirla para conocer detalles de su vida, quién era, dónde trabajaba, dónde vivía, necesitaba conocer cualquier referencia que le ayudara a poder localizarla y recrearse mirándola furtivamente, con la única intención de imaginarla en sus fantasías eróticas.

Pero de nada sirvió esforzarse por mantener su clandestinidad, la casualidad otra vez se opuso a sus verdaderas intensiones cuando la providencia les preparó un encuentro forzado con un amigo común como intermediario. Ella estaba radiante, realmente hermosa, sentada sobre el taburete giratorio de la barra de la cafetería cuando él hizo acto de presencia. No sabía qué hacer, dónde colocar las manos, cómo ponerse para que no se notara su evidente nerviosismo. A partir de ahí todo fue tan rápido... lo que nunca se habría imaginado es que pocos días después estuviesen sincerándose entre la frustración en la desaliñada y sin alma habitación de un hotel barato de carretera.

Por su parte, ella le confesaba su implicación directa para forzar la aparente casualidad; no fue tal. Varios días antes de que él advirtiera su existencia lo planeó, ella esperó a que apareciera para coincidir en el elevador, de la misma manera que dejó caer las llaves al tiempo que se mostraba tímidamente nerviosa. Nada fue coincidencia, ni siquiera el cruce del paso de cebra, también fue premeditado y calculado detalle a detalle. Fue observando cómo le seguía a través de los cristales de los escaparates, hasta conducirlo interesadamente para que supiera dónde podría encontrarla.

A los dos, sin saberlo, les interesaba la misma pasión y fantasía oculta, clandestina; también ella jugaba con él en su imaginación, en sus juegos eróticos, pero nunca buscó aquel encuentro físico, aquello fue un error de cálculo, un descuido que los llevó a lo que no pretendían, a conocerse y a no poder resistir la tentación de llevar a la realidad sus pasiones imaginadas.

El inevitable desenlace había dejado al descubierto sobre las sábanas desgastadas del hotel la poca relación entre la ficción y la realidad. Ninguno de los dos deseaba que hubiese ocurrido, hubiesen preferido la fantasía de seguir imaginándose furtivamente, espiarse y dejarse llevar por el deseo imaginado a solas, en la intimidad, y ajenos uno del otro. De la misma manera que compartían el deseo así buscaban la fórmula para olvidar aquel encuentro desilusionante, y los dos acordaron olvidarlo, salir por la puerta de la habitación y no mirar hacia atrás, borrar de sus memorias el acercamiento físico y regresar en el recuerdo al cruce del paso de peatones, para continuar alimentando la fantasía clandestina en soledad. 




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

sábado, 26 de abril de 2014

Cita a ciegas


Todo depende de lo caprichoso que el destino se preste, de que decida congratularnos con su simpatía o que por el contrario nos regale un puñado de infortunios motivado por su mal humor, porque también hay que contar con eso, con el humor con que se halle el destino ese día para marcarnos la senda. Uno se puede empeñar, esforzar por que lo trazado dé como fin lo deseado, pero esto de la providencia no es una ciencia exacta, más bien aventurera, y todo depende de lo que el destino crea conveniente.

Si nos agarramos a la frase de que "no hay mal que por bien no venga", llegaríamos, buscando su revés, a que ese mal fue precisamente todo lo contrario, la buena suerte, la que en un suceso podría marcarnos la vida pensando en un principio que otra vez se nos torció lo deseado, para darnos cuenta a la postre de lo equivocados que estábamos.

Oswaldo se miraba ante el espejo aquella mañana; marcando los bíceps contraídos, girando el cuello tratando de relajar los músculos esternocleidomastoideos; sacando pectorales; asomando la lengua; observando sus ojeras de cerca... Descubriendo cómo su cuerpo se desgastaba, cómo su existencia pasaba ajena al propio deseo de encontrar a la mujer ideal con quien compartir su vida. Encendió la computadora e introdujo su ID en uno de los chats por los que acostumbraba a pasear entre extraños nombres de usuarios, más acordes con robots metálicos de ciencia ficción que de mujeres y hombres que buscan pareja en las redes del ciberespacio. 

A varios kilómetros de distancia, en el extrarradio de la ciudad, Flora se mecía en el asiento de rejilla mirando en la televisión cómo los gladiadores rosas del corazón se enzarzaban dialéticamente en discusiones apasionadas acusando y defendiendo a frikis de la farándula social, a la vez que la soledad le recordaba que todas en su grupo de amigas habían encontrado pareja menos ella. Abandonó la mecedora a su merced y después de apagar el reproductor televisivo se conectó a Internet. Escribió su nombre y la clave correspondiente y entró al chat en el que a veces mataba sus horas de aburrimiento. 

Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando recibió el primer saludo. -¡Hola, GatitaPink!- a lo que flora respondió el gesto cordial -¡Hola, Oswaldo75! -Me gusta mucho tu nombre de guerra- dijo él, a lo que ella contestó -También a mí me gusta mucho el tuyo-. Fueron las palabras iniciales que rompieron el hielo, las que dieron pie a una comunicación más fluida que a los pocos días transcurrió por otros medios cibernéticos más personales, privados, con intercambio mutuo de fotografías pertenecientes a un tiempo pasado, como si tuviesen temor a mostrar la realidad reciente, hasta acordar una cita a ciegas en una conocida y céntrica cafetería de la ciudad. Ella aseguró que acudiría vestida de rojo y blanco, en cambio él eligió el azul, con la intención de localizarse entre la posible aglomeración de público en el establecimiento. Sin embargo, ninguno de los dos fue sincero, se decidieron por colores diferentes, opuestos, pensando en pasar inadvertidos y escapar en caso de no hallar lo esperado en cada uno de ellos. 

Por otro lado, momentos antes de que el reloj del local marcara la hora del encuentro, otra pareja desconocida y ajena a la cita a ciegas de la anterior discutían sentados en el salón de la cafetería las desavenencias que les habían llevado por el camino de la ruptura, del desamor. Ella se levantó de la silla con desaire, enfadada, y dolorida en sus sentimientos abandonó el local con lágrimas en los ojos, coincidiendo en la salida con Oswaldo, que entraba en ese preciso instante por la puerta, quien se había adelantado unos minutos a la llegada acordada. Sorprendido comprobó cómo la mujer que salía un tanto afligida coincidía en los colores de la vestimenta con los que Flora dijo ponerse, lo que le hizo retroceder y seguirla con la mirada hasta que la vio detenerse y sentarse en la marquesina de una parada de bus cercana. Y hasta allí se fue acercando discretamente tratando de identificarla sin ser reconocido.

Cuando unos minutos más tarde Flora entró en la cafetería, miró alrededor de sí misma y en una de las mesas vio de espaldas a un hombre solo, vestido de azul y sentado junto a otra silla vacía. Rápidamente dedujo que era él, no había otro hombre en el local con las mismas referencias, por lo que, con paso ligero y visiblemente nerviosa, se acercó hacia él. -¿Oswaldo?- le preguntó. -¡Sí!- respondió el hombre un tanto extrañado por su presencia. -¡Soy Flora!- exclamó al tiempo que se fijaba en su rostro. No se parecía mucho al hombre de la foto; el pelo más corto, gafas negras de pasta, quizás un poco más moreno de piel... evidentes diferencias que en principio no fueron las suficientes como para pensar en un posible error. Pasaron unos instantes en silencio entre los dos hasta que a Flora, empujada por su nerviosismo, se le ocurrió romperlo con una petición -¿No me vas a invitar a sentarme?- a lo que él respondió sorprendido -Sí, claro, por supuesto. Siéntate Flora.

A unos metros de distancia, en el exterior, Oswaldo se fue acercando cada vez más a la marquesina donde Carmina trataba de sobreponerse al mal momento propiciado por la discusión con su ex-pareja unos minutos antes. Él pronto dedujo que aquella no era la mujer con la que había quedado, pero no le importó mucho que Flora estuviese esperándole en la cafetería. Pensó en entablar conversación con la solitaria mujer y se sentó a su lado como cualquier otro pasajero que estuviese esperando el transporte público. Dejó pasar unos minutos discretamente hasta que se decidió aprovechando la aflicción de ella para preguntarle -¿Se encuentra bien?- a lo que Carmina le respondió -¡Sí, gracias!- y los dos continuaron conversando banalidades al tiempo que ella comenzó a valorar la simpatía que aquel extraño le transmitía.

En el otro escenario, Flora comenzaba a darse cuenta de que aquel Oswaldo, que coincidía en nombre pero que nada tenía en relación con quien había acordado la cita a ciegas, era un hombre atractivo y educado, sin embargo, ante el error, hubo un momento en el que estuvo a punto de levantarse de la silla y disculparse por la confusión, pero tras confesarle su equivocación, él la ayudó a mantenerse sentada diciéndole que podía quedarse allí si le apetecía hasta que apareciera el Oswaldo con quien se había citado. Pero claro, la espera ya no era necesaria, aunque sí se tornó en la oportunidad, en el argumento perfecto para continuar sentada y platicando con él, por lo que cuantos más minutos pasaban de la hora acordada más contenta estaba Flora de haber mentido en cuanto a los colores que iba a vestir. Un error le había llevado a la situación en la que se encontraba y ni por asomo se le había ocurrido desaprovechar la ocasión de compartir la tarde con aquel hombre con quien a la providencia se le había antojado emparejar.

Harta de la simulada espera, Flora aceptó de buena gana la invitación de Oswaldo, de salir a dar un paseo y acompañarla hasta donde ella propusiera. Salieron al exterior y continuaron dialogando calle abajo, al tiempo que se iban alejando de la marquesina del bus en dirección opuesta, donde Oswaldo y Carmina continuaban alegremente pasando el rato y conversando, indiferentes y haciendo caso omiso a los buses que uno tras otro se paraban y pasaban ante ellos. 






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

martes, 15 de abril de 2014

Deshojando margaritas


Tantas veces como había pasado por delante del comercio y nunca se le ocurrió entrar en él. No podía sacudirse de encima el sentimiento de pérdida de tiempo, de momentos desaprovechados que podrían haber disfrutado y compartido juntas de haberse encontrado antes. Aunque, por otro lado, nada aseguraba que aquella atracción que surgió entre las dos se pudiese haber dado provocando y acelerando los acontecimientos, cada circunstancia tiene su tiempo y tienen que reunirse todos los elementos y condicionantes para que se den. Quizás de haber coincidido en otro lugar y fecha hubiesen pasado desapercibidas la una para la otra y Cupido habría pasado de largo entretenido y apuntando a otros corazones.

Era evidente que ningún otro momento antes hubiese sido el adecuado. Tuvieron que pasar los hechos necesarios para que se diese la posibilidad. Quizás de otra manera Lucía no habría puesto sus ojos en ella, aunque su marido no la tratara con todo el respeto que se merecía, y por supuesto tampoco a Grabiela se le hubiese ocurrido acercársele, ofreciéndole cariño y comprensión. Seguramente, de no haber sido testigo del maltrato psicológico que sufrió Lucía por parte de su marido, no habría puesto cuentas en ella, pero la impotencia y el desaliento que le produjeron aquellas palabras ofensivas y dolientes del hombre, cuando indiferentes y ajenas caminaban las dos por la misma acera, y las lágrimas posteriores que recorrieron por sus mejillas, no habría despertado en Grabiela la afectividad y afinidad compartida primero y la atracción sentimental después.  


Tampoco se hubiese dado el encuentro, de no necesitar aquella cremallera para el pantalón que Grabiela se atrevió a cambiar por otra deteriorada, acudiendo por primera vez a la céntrica mercería por cuya puerta había pasado infinidad de veces sin ni siquiera ocurrírsele mirar al interior. No era de su costumbre y afición lo relacionado con la costura, las agujas, dedales, hilos, botones y otros artículos de pasamanería a los que nunca le dedicó atención alguna, pero que desde aquel primer encuentro al hallarla detrás del mostrador ya se convirtieron como si fuesen productos de primera necesidad. Extraño era el día que no se acercaba a conversar con Lucía con la excusa de encontrar algún botón para una camisa que se hubiese perdido saltando del ojal, o en busca de algún cordoncillo para adornar unos cojines o juegos de sábanas, e hilos de diferentes colores. Compras que nunca tenían utilidad alguna y que vez a vez iba guardando en un cajón; fue la excusa perfecta para ir acercándose cada día un poco más, hasta que surgió el momento de necesitarse una a la otra. 


Para entonces Lucía ya había decidido abandonar a su marido, harta de los maltratos psicológicos y de tantas horas en soledad ante la ausencia continua de él, la oportunidad que se le brindo para compartir la vida con otra mujer fue un aliciente novedoso que jamás antes se le hubiera pasado por la imaginación. Nunca antes sintió atracción por otra persona de su mismo sexo, pero Grabiela se había mostrado ante ella como alguien en la que encontraría todo lo que siempre deseó y no recibió de un hombre, cariño, ternura, respeto, y no vaciló un instante en decidirse a favor de compartir.


Por su parte Grabiela también venía de otras experiencias poco agradables en la convivencia con hombres. Todo había surgido tan casual como si ya estuviese predestinado y tampoco por su parte existió un solo motivo que sembrara dudas sobre la viabilidad de aquella relación entre dos mujeres, que había comenzado por motivos de complicidad y desembocaban en una situación tan impensable en un principio como ilusionante después.


Lucía tomó la iniciativa y se trasladó a vivir con Grabiela después de abandonar a su marido, comenzando de esta manera una nueva etapa de convivencia para las dos mujeres. En principio todo fue armonía y las dos se sintieron dichosas y felices de haber dado el paso hacia adelante con todo lo que significaba en cuestión de perjuicios sociales, pero había valido la pena. Sin embargo, tan felices se encontraban que comenzaron a surgir las dudas temiendo que algún agente externo a la relación pudiera influir en una hipotética ruptura.


Grabiela, en sus largas caminatas primaverales por el prado, comenzó a entregarse en suerte a lo que las margaritas florecidas predecían, deshojando sus hojas una tras otra al tiempo que repetía una y otra vez: -¿me quiere o no me quiere, me es infiel o no me es infiel?-. Y así pasaba las interminables horas, provocando en ella cada día más confusión y más dudas. Por su parte, Lucía, cada día se sentía más sola, pasando el tiempo en el desconocimiento de lo que ocupaba a Grabiela y lo que motivaba su ausencia, provocando de esta manera los celos también en ella. Hasta que llegó el otoño y ya no quedaron más margaritas que deshojar, pero para entonces ya era demasiado tarde, a Lucía ya le habían convencido los celos y puso punto y final a la relación, dejando las prendas de su desamor y soledad sobre la mesa.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

sábado, 12 de abril de 2014

La profecía



Había ido muy temprano y con especial interés a comprar el diario de la mañana, estaba expectante e ilusionada desde que se enterara varios días atrás de la promoción especial que el rotativo de la ciudad ofrecía a sus lectores. Se cumplía el primer aniversario de su creación y para tal conmemoración regalaban con la edición de la mañana un ejemplar reproducción del original número uno, una copia idéntica en papel color sepia de aquel primer diario que saliera a la venta un siglo atrás. Aquella iniciativa publicitaria había resultado productiva, todo un éxito, porque de haberse descuidado unos minutos se habría quedado sin el ejemplar deseado. Los ciudadanos se agolparon desde tempranas horas alrededor de los puntos de venta del diario y en un santiamén se agotó la tirada especial.

Telma regresó contenta y con dos diarios, el habitual de la mañana bajo el brazo, como dejando a un lado a la actualidad, y con la edición especial entre las manos, absorta mirando su portada. Todo le resultaba fascinante, desde las noticias a su contenido, la manera de redactarlas y sus titulares, tan llamativos como curiosos. Llegó a su casa y dejó el de la mañana sobre un sillón como si la actualidad no le interesara mucho, en cambio la reproducción especial la puso con esmero sobre la mesa, con mucho mimo, tratando de que no se doblara ni arrugara en demasía por el uso. Como si se tratara de un ejemplar auténtico y original de aquella época y se sintiese obligada a desplegar sus páginas con delicadeza.

Miraba cada detalle de la portada una y otra vez, degustando el sabor de lo novedoso, de lo desconocido, tratando de alargar el ilusionante deseo de comenzar a desplegar sus páginas y empezar así a descubrir un mundo de fantasía, el de otro tiempo, el de adentrarse en los entresijos de una sociedad inexistente, ya desaparecida. Era como volver un siglo atrás en el tiempo a través de lo impreso en el papel.

Nada quedaba ajeno a su curiosidad, el tipo de letra, los dibujos que ilustraban algunas noticias y los anuncios publicitarios, y las fotografías, en las que se recreaba observando cualquier cosa, las calles, los vehículos, la vestimenta de las personas, las fachadas de los comercios... Hasta buscaba en cada uno de los viandantes el parecido físico con alguno de sus familiares ya desaparecidos y que pudiesen haber pasado por delante del objetivo del fotógrafo en aquel justo momento para quedar inmortalizado en la instantánea.

No dejó ni un solo titular descuidado y cuando llegó a la contraportada regresó de nuevo al principio para adentrarse en cada uno de los artículos. Le había atraído especialmente una noticia llamativa en el apartado local, la relacionada con un robo días antes de la publicación. Se trataba de un libro original sustraído del Museo de Historia de la cuidad, una pieza única del siglo XVI con un valor incalculable. Un ejemplar de la primera edición de las centurias de Nostradamus. A Telma siempre le atrajo sobre manera todo lo relacionado con las ciencias ocultas y tratándose del célebre astrólogo francés colmó de curiosidad su fantasía, por lo que se sumergió de lleno en lo acontecido.

El texto narraba con toda clase de señales el hurto, tanto que más bien parecía la sinopsis de una película de serie negra, de ladrones de guante blanco e intrépidos detectives en busca de recuperar lo substraído. Sin embargo, todo estaba en suspense, no existían detalles algunos ni de cómo se llevó a cabo la operación ni mucho menos de la identidad de los ladrones, todo quedaba envuelto en un sin fin de misterios por resolver. La única evidencia clara era la falta del manuscrito del estante en donde se exhibía. Era una historia fantástica que la abdujo del interés por el diario y las noticias de antaño para centrarla totalmente en todo lo relacionado con las profecías.

Se acordó entonces del libro que había adquirido varios días antes en un mercadillo de antigüedades y que todavía no había comenzado a leer. Era una novela también relacionada con Nostradamus, aunque en principio parecía pura ficción. Se levantó del asiento y se acercó a los estantes donde descansaban sus libros. Lo cogió y observándolo a grosso modo se fue a sentar de nuevo en su sillón preferido. Cuando lo compró fueron tres los detalles que llamaron su atención, además de por su antigüedad, que calculaba de un siglo aproximadamente, y de que estuviese relacionado con el mundo de las profecías de Nostradamus, fue especialmente porque estaba escrito de puño y letra y sus acartonadas y gruesas páginas estaban cosidas a modo artesanal, lo que le hizo pensar que podía tratarse de un ejemplar único.

Comenzó a leerlo y desde la primera página quedó sorprendida, la historia que contaba era la de una joven que el autor situaba en el futuro, en lo que podía identificarse con el presente, pero esa no era la única curiosidad sino que además la protagonista se llamaba Luisa T., podría haber pasado desapercibido para Telma a no ser porque su verdadero nombre era compuesto y aunque nadie le llamaba por el nombre de su abuela, Luisa, sí quedaba recogido en el registro oficial de nacimiento. Continuó leyendo y según iba pasando páginas más puntos en común iba encontrando con ella misma, con todo lo relacionado con lo vivido en los últimos días, concretamente desde que comprara el libro.

Era tanta la coincidencia que le resultaba imposible que pudiese tratarse de simple casualidad. Entonces dejó por un momento la lectura y comenzó a interesarse por el autor, buscando información en Internet relacionada con su nombre. Tuvo que adentrarse en la hemeroteca del propio diario, en sus inicios, para encontrar algunos datos sobre él. Se trataba de un personaje extraño que creaba con sus profecías tanta expectación como burla, pero poco más. Nadie le daba crédito a sus predicciones y era tratado por la sociedad de la época como un friki.

Continuó de nuevo con la lectura del libro y a cuanto más se adentraba en la historia más claro evidenciaba lo vivido por ella misma días atrás, tanto fue así que conociendo los acontecimientos que vendrían seguidamente, los de su propia existencia, dejó de prestarle atención al propio desarrollo de la novela para centrarse en el resultado final. La intriga se había aliado con la impaciencia y necesitaba conocer qué pasaría en el desenlace, lo que era lo mismo que conocer su futuro inmediato.

Las últimas páginas de la novela narraban con todo lujo de detalles todo lo experimentado por ella misma desde que adquirió el ejemplar conmemorativo del diario y la noticia del robo del museo, hasta el interés suscitado tanto por el libro que tenía entre sus manos como por la identidad del propio autor. Todo terminaba en las dos últimas frases con un final feliz, con el hallazgo del manuscrito robado del museo, cuya protagonista lectora encontraría. Pero aquellas últimas frases no coincidían con la realidad, había terminado de leer la novela y el manuscrito substraído no aparecía.

Entonces pensó en releer las palabras finales tratando de encontrar una clave oculta que pudiera ayudarle a desvelar el misterio. Y leyó: "...Y siguiendo la pista, tirando y tirando del hilo, lo encontró". Fue entonces cuando se le ocurrió deshilachar el propio libro, con la sorpresa de que al hacerlo halló en el interior de las tapas otras de cuero marrón más antiguas, que parecían estar forradas por las de la propia novela, con un título diferente:  Les Prophéties de M. Michel Nostradamus.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

lunes, 24 de marzo de 2014

Misión especial



No recordaba nada más allá de los primeros disparos que se escucharon, fue lo que le puso en alerta. El escenario en donde se encontró estaba semiderruido y ni un alma a su alrededor, ni un solo pájaro que atravesara el azul celeste de la ciudad, sin apenas nubes, limpio, claro y luminoso. Reaccionó por instinto, como si sus genes estuviesen grabados por naturaleza con la intención intuitiva de un soldado de élite, disparando la voluminosa arma de fuego cuya destrucción al impacto de la munición con cualquier objeto era inevitable, impresionante. El primer enemigo aparecido por sorpresa, salió de la nada, de detrás de unos arbustos crecidos en la decadencia de la ciudad muerta, solitaria, donde los ruidos más cercanos que se escuchaban parecían estar a decenas de kilómetros, en la que los enfrentamientos se imaginaban en toda su crudeza y en los que el armamento pesado parecía tener todo el protagonismo en la batalla que se fraguaba.

Cambió de arma un tanto más ligera y continuó por entre las calles solitarias, con sigilo pero con toda la seguridad que le daba pertenecer a un cuerpo especial de combate, solo ellos lo hacen de esa manera, con templanza, sin miedo, y con la seguridad de que son casi invencibles. No sentía fatiga alguna ni mostraba interés por encontrar a sus compañeros de misión en caso de que algunos hubiesen sobrevivido a los ataques del enemigo. De repente, un estallido a pocas manzanas de su situación le puso en alerta y actuó rápidamente, colocándose en posición de disparo, agachado con una rodilla en el suelo y la metralleta repetidora apuntando en dirección al estruendo; solo percibió el sonido y el polvo de lo que parecía una explosión, posiblemente la de alguna mina estratégicamente colocada en el suelo por la guerrilla de resistencia local.

El sol abrasaba y Dennis buscaba la sombra casi por intuición, quizás a medias y en parte también como protección, pegado a la pared sin perder de vista la parte alta de las casas en el laberinto callejero de Kabul. La calma tensa se masticaba en el ambiente, con el presentimiento de que ojos ocultos le observaban tras los postigos de las ventanas, cuando ante él apareció de la nada un guerrillero llevando un Kaláshnikov entre las manos que no llegó a disparar, el soldado le ganó la partida lanzándose sobre él y de una patada lo desarmó; acto seguido y en décimas de segundo sacó el puñal de su funda y lo apuñaló sin contemplación alguna, con temperamento frío como un témpano de hielo, cayendo el enemigo al suelo envuelto en un llamativo charco de sangre al tiempo que emitía un gemido sordo de expiración.

Rápidamente entró en el edificio por la misma puerta por donde su víctima anterior le había sorprendido, entró decidido en cada una de las estancias de la casa buscando otros enemigos ocultos que esperaran sorprenderle. Subió la angosta escalera y de igual modo inspeccionó el piso superior, donde tampoco encontró a nadie. Salió a la azotea con sumo cuidado y echó una mirada al horizonte urbano que se abría entre tendederos de ropa y antenas de televisión. Sin esperarlo, de nuevo otro guerrillero apareció tras una puerta y corrió a su encuentro gritando versículos islámicos, ataviado de un chaleco con explosivos con la única intención de inmolarse y a la par acabar con él, pero nuevamente escapó del peligro saltando desde la azotea hacia la calle instantes antes de que el suicida apretara el percutor y explotara por los aires, dejando el entorno manchado de sangre y materia humana por todas partes.

A paso más ligero decidió escapar de la ciudadela tratando de evitar una emboscada entre callejones estrechos. El espacio urbano se abrió entre escombros de edificios ruinosos en una amplia plaza y entre ellos se refugió. Se sentó a descansar en el suelo a respaldo de un rincón estratégico con vistas a la explanada. Sacó la cantimplora, de la que no extrajo ni una sola gota de agua para beber, y se deshizo de ella con desaire. Seguidamente se quitó el casco de la cabeza para secarse el sudor con el pañuelo.

Sin dejar de vigilar el entorno extrajo del bolsillo de la chaqueta de camuflaje una foto con la imagen de una hermosa joven, en cuyo reverso aparecía una dedicatoria que leyó antes de recrearse en su sonrisa. Luego la volvió a guardar. Miró hacia un lado y hacia otro y, ante la falta de peligro, comenzó de nuevo su andadura. Dobló la esquina de la siguiente calle y antes de que pudiera darse cuenta una lluvia de balas zumbaban a su alrededor. Un grupo de insurgentes le habían preparado una encerrona y Dennis se defendía como en él era costumbre, disparando a todo lo que se movía, aniquilando a cuantos enemigos iban apareciendo por entre las ruinas hasta que se quedó sin munición, oportunamente justo con el último de los guerrilleros.

Ahora tocaba reponer las balas, tendría que llegar hasta el polvorín al final de la calle y de ello dependía su vida, pero ocurrió algo inesperado, un francotirador acertó y de un solo disparo lo derribó, quedó inerte tendido en medio de la calle, inmóvil, todo en silencio, fue entonces cuando aparecieron aquellas letras grandes en el centro de la pantalla,"Game Over".





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

martes, 11 de marzo de 2014

El presidiario


Tanto tiempo encerrado en aquella mazmorra que apenas recordaba ya cuándo fue la última vez que paseó libre bajo el sol. Tumbado en el suelo, sin fuerzas para poder levantarse y salir de allí, sentía cómo se esfumaba la oportunidad que tanto deseó, abriéndose ante él demasiado tarde. Más que años parecían siglos, toda una eternidad encerrado entre aquellos cuatro muros insalubres, sombríos y húmedos, por entre los que tantas almas en pena vagarían y dejaron en ellos sus últimos suspiros y deseos en vida. Un pequeño ventanuco, al que difícilmente llegaba a poder mirar entre barrotes y divisar un reducido ángulo entre anchos muros de piedra con la perspectiva de la inmensidad del mar, era la única sensación y recuerdo de libertad que le quedaba, a veces tranquilo y otras bravío, rompiendo sus rebeldes olas contra el sobrio acantilado que rodeaba casi al completo el aislado peñón donde se situaba el vetusto castillo que lo retenía. 

Tampoco recordaba ya la silueta de su amada, ni su sonrisa, ni los detalles que le hicieron enamorarse de ella cuando todavía era un joven aguerrido e intrépido que no dudó en alistarse para luchar en la contienda defendiendo sus ideales nobles y dignos contra los esclavistas. Ni sus sueños ni proyectos de futuro, ni sus padres y hermanos, ni amigos y compañeros de lucha y fatiga, todas las imágenes agradables de su mente se habían borrado. Sólo le quedaba el último instante, estaba viviendo el último suspiro en una perspectiva a ras de suelo con los barrotes metálicos de la puerta de su celda entreabierta, demasiado tarde para escapar y respirar la libertad.

Demasiados años preso como para poder retener en su retina las escenas felices, sólo fluían las últimas, siempre con los grandes bloques de piedra y el sonido del mar entre los lamentos de angustia y gritos ansiando libertad de otros reos como escenario. Ni siquiera recordaba haber oído hablar a su carcelero, aquel hombre silencioso en el que a veces hallaba mirada cómplice, de compasión, de perdón, pero que nunca pronunció una palabra, lo más parecido que emitía para llamar su atención era un sonido onomatopeya cuando le entregaba el bollado recipiente metálico donde vertían aquella repugnante papilla que tantas veces despreció y que ahora en ese justo instante deseaba y necesitaba. Daba por certero lo que una vez un preso dijo desde su mazmorra, que no podían hablar, que todos los carceleros eran mudos, esclavos a los que les otorgaban ciertos privilegios de poder transitar por el castillo a cambio de cortarles la lengua para que no pudieran comunicarse con los demás presidiarios.

Sus fuerzas físicas le habían abandonado, ni siquiera para ponerse en pie le quedaban ya energías, muchas menos para salir al exterior y buscar la manera de enfrentarse en soledad al infinito mar que rodeaba todo el horizonte, para escapar del islote del que todos habían huido dejándolo allí a su suerte, la que no supo ver ante sus propias narices, cuando se fraguó la revuelta iniciada por el ataque de aquella inesperada fragata, desde la que disparaban con sus cañones las esféricas balas que consiguieron derribar algunos muros y propiciar la fuga de muchos presos que se enfrentaron en lucha contra los opresores esclavistas que los retenían.

El olor de los cuerpos en descomposición era nauseabundo, víctimas de la lucha encarnizada que se produjo entre presos y opresores; ni un solo ruido que diera muestras de existencia de vida en todo el castillo penitenciario desde que vio a través del ventanuco cómo, después de dar muerte a los enemigos, los liberados nadaban o remaban en dirección al buque libertador, para luego orientar sus velas hasta perderse por el horizonte, impotente y sin poder salir de la mazmorra, cuya puerta también descerrajaron al igual que las demás cuando se originó la sublevación. Entonces no alcanzó a comprender el por qué no se abría. Una y otra vez empujó con todas sus fuerzas, con toda su ira contenida, pero no cedió ni un milímetro, llegó a creer que la cerradura estaba trabada, estropeada, sumándose de esta manera más mala suerte a la ya existente de tantos años retenido.

Los días pasaban y la falta de alimento y líquido fueron mermando sus energías y esperanzas sin poder desbloquear la cerradura, golpeando la puerta una y otra vez, cada día, sabedor de que el tiempo corría en su contra, marcando el cronómetro la cuenta atrás de su vida. Aquella mañana, en el último esfuerzo, se acercó arrastrándose por el piso empedrado y agarrándose a los barrotes con las manos se fue encaramando por ellos hasta ponerse en pie, sin energías suficientes como para mantener los párpados levantados, trató de zarandear la puerta, pero la fuerza de la inercia le hizo perder el equilibrio, cayendo hacia atrás y trayéndosela con él, propiciando su apertura al tiempo que quedaba tendido en el suelo con el último aliento.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.


jueves, 6 de febrero de 2014

La lupa y el lapicero malvado


Blas devoraba plácidamente el contenido del libro que sujetaba entre sus manos sentado en el sillón orejero de la salita. A un par de metros, la pequeña María se entregaba de igual manera a la fantasía de los juegos, a su casita de muñecas y a un sin fin de complementos y personajes que daba utilidad y vida con su imaginación. El padre pasó página y en ese mismo momento observó cómo su hija tiraba con rabia y a lo lejos uno de los muñecos, rechazándolo, por algún motivo que no le agradaba. Le preguntó qué le ocurría, qué tenía en contra de él para rechazarlo, si siempre le había gustado y tratado con cariño. La niña, visiblemente enfurruñada, le respondía que era demasiado grande en comparación con los demás muñecos y que ya no lo quería.

Entonces el padre introdujo el marcapáginas en su interior, cerró el libro y lo dejó sobre el sillón; se acercó a María y junto a ella se sentó en el parquet. -Ven con papá, cariño -le dijo, sentándola sobre sus piernas, sobre su regazo -. Te voy a contar un cuento. La historia de una lupa que una vez fue rechazada por un lapicero celoso y malvado, que le envidiaba por su utilidad y protagonismo: 

Había una vez una niña casi tan guapa como tú, muy alegre y buena, que le gustaba jugar con una lupa que le habían regalado para su cumpleaños. La lupa era muy bonita, una amplia lente de aumento bordeada por un cerco blanco sujeto a un mango del mismo color. A la niña le hizo mucha ilusión aquél regalo, pues con la lupa observaba cada detalle en todas las cosas. Ella quería ser investigadora y se pasaba las horas jugando con su lupa, mirando por todas partes, imaginando que ella era muchísimo más pequeña que todas las cosas que había a su alrededor y por eso lo veía todo tan enorme.

Con mucho mimo, siempre colocaba su lupa en un lapicero sobre el escritorio de su habitación, con sumo cuidado para que no se rompiera. Pero una noche, cuando la niña dormía en su cama, todas las cosas de su escritorio y todos sus juguetes recobraron vida, como cada noche cuando la niña dormía. Los juguetes jugaban entre ellos, corrían, cantaban, reían y se lo pasaban muy divertido, pero no todos los objetos eran buenos, había un lapicero malvado y gruñón que siempre estaba recriminando a todos los lápices de colores y a la lupa, que la niña guardaba introduciéndolos en él.

Aquella noche, el lapicero envidioso se volcó solo, movido por su mala conciencia de que un lapicero no era sitio para una lupa, con la intención de que al volcarse la lupa cayera al suelo y se rompiera en mil pedacitos de cristal; los lápices fueron rodando sobre el escritorio hasta caer contra el suelo. Todos gritaban aterrorizados al tiempo que caían, temiendo que al hacerlo se quebraran sus puntas, pero la que más pánico sufrió fue la lupa, sabiendo que con casi toda seguridad quedaría inservible tras un duro golpe. Consumada su maldad, el mezquino lapicero reía a carcajada limpia disfrutando su fechoría, mientras que los lápices lloraban apenados con sus puntas partidas, al igual que la lupa, que, aunque se salvó de milagro, no quedó exenta de desperfectos, al caer se partió justo por el punto que se unían el cerco y el mango. 

A la mañana siguiente, cuando la niña despertó, lo primero que vio fue el lapicero volcado sobre el escritorio y a los lápices y la lupa esparcidos por el suelo. Entonces se puso triste, no por los lápices, a los que volvería a sacarles punta y a poder colorear con ellos, sino por la lupa, que se había partido en dos, aunque podía seguir utilizándola cogiéndola del cerco. Recogió del suelo los lápices y la lupa y los dejó sobre el escritorio, ya no los puso en el lapicero, pensando que podrían volver a caerse nuevamente. La niña le contó a su mamá lo ocurrido y ella le respondió que no se preocupara, que ella encontraría la solución para que volviera a estar contenta. Y así fue, aquella misma mañana la mamá le regaló un nuevo y más bonito lapicero, pensado para que no volviera a suceder lo mismo, para que no se volcara y no pusiera en peligro a los lápices y a su querida lupa, a la que pegó el mango y volvió a dejar como nueva. Sin embargo, no todos quedaron felices, el malvado lapicero ya dejó de ser útil, dejaron de confiar en él y fue guardado en una caja con otros trastos inservibles en el desván, condenado al olvido por su mezquindad...

Como en este cuento, mi linda María, todos tus juguetes son igual de útiles, todos tienen sus características propias y todos merecen el mismo trato y cariño, todos son válidos sin importar cuál es su aspecto, al igual que todas las personas, no importa que sean más altas o más bajitas, más rechonchas o delgadas, rubitas o morenas, mujeres u hombres... 

Sonó el teléfono y con su timbre rompió la comunicación entre padre e hija, que no fue en vano. Blas contestó la llamada: -¡Hallo!- al tiempo que María se puso en pie, se dirigió al muñeco rechazado y volvió a aceptarlo, comunicándose con él y uniéndolo a los otros juguetes que ocupaban su lugar en la casita de muñecas. 




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.


Operación Harper

—No tengo ni la más remota idea de cómo vamos a llevar a cabo la operación. El edificio está demasiado concurrido como para pensar en que to...